Espectro Invisible deMedea el
Paula Rego no dejaba a sus hijos acercarse a la adega que usaba como atelier.
Monica Sjoo pintaba en una habitación en su casa.
¿Es tu espacio un lugar sagrado, aunque hablemos de un metro cuadrado, o un lugar donde ocurren más cosas, donde intervienen tus cachorros?
Susana García Florez, poetísa
▼Gerona, España

Mi espacio de trabajo soy yo.

 

Doy vueltas en mi cabeza a lo que quiero escribir mientras vivo, y eso implica hacer poesía mentalmente mientras consuelo, cocino, cambio pañales, baño o camino al paso de mis hijos.

 

Mi espacio es frágil y profundo, parece estrecho porque cabe en mi cabeza, pero en realidad a lo largo, es infinito.

Elia Mervi, ilustradora
▼Castres, Francia

@eliamervi

Parte I

 

“La esquina, la mesa, la luz. En todas las casas donde he vivido mi rincón ha sido sagrado, solo superado por las camas. Mis hijas saben que es el lugar donde creo y donde no siempre me pueden seguir. Perciben que voy a otros sitios sin ellas cuando estoy en esa mesa, cuando pinto o leo allí. Me parece que ven el rincón como si fuera un sitio mágico que no les dejo poseer… o esa es la teoría, porque en la práctica al final acaban siempre allí. Cada una arrastra una silla desde el salón para poder llegar donde yo llego y intervenir durante un rato los 2,5 x1m de mesa. Como personas crecientes necesitan imitarme, lo sé.

 

No sólo mis hijas acaban en la mesa, también cualquier cosa que no encuentra lugar en otro sitio de la casa, pañales de la noche anterior que no consiguen llegar a la cocina, ropa, todos esos papeles usados que nadie se atreve a tirar, cuencos vacíos y tazas llenas.

 

Me bastan un cabreo y dos gritos ‘¡Es que no puedo tener ni mi mesa!’ para darme cuenta de que no es para tanto, que tengo que aceptar que es un lugar de tránsito, un lugar activo en todos los sentidos, que es inevitable que todas usemos, cada una para su propio crecimiento. Así que cuando la recojo, limpio y ordeno, con mimo, sé que es sagrada ya no para mí, sino para la creación en sí misma.”

 

Parte II

 

“Durante un año experimenté lo que significa tener un territorio propio. Las cuatro paredes mías, las mesas, sillones, sillas y estanterías, mías. Tenía tanto espacio que a veces no sabía ni lo que hacer con él y me volvía a casa (30 metros rua arriba) y acababa pintando allí.

 

Cuando le cogí el tranquillo no solo empecé a tener un espacio propio físico, sino también mental. Salir de casa e ir a un sitio en el que me podía mover en soledad me abrió la puerta a una nueva intimidad conmigo misma. Me daba libertad y durante el tiempo que estaba allí era un poco otra, sin tener que mirar por el rabillo del ojo, o bajar a la cocina a ver si la pasta estaba hecha. Eran como dos vidas. Me concentraba en lo que pasaba dentro.

 

Pero a veces sentía que Olga tenía que ser partícipe de ese espacio de alguna forma y de vez en cuando ‘traicionaba’ esa intimidad y pintábamos juntas allí. Entonces notaba que ella también se convertía un poco en otra, más profesional y seria en lo que planeaba.

 

Supongo que el único espacio de trabajo que me pertenece por completo es el que va conmigo.”

 

Ana Patricia Angulo, artista visual
▼León. Mexico

“Siempre quise tener un espacio propio para trabajar. Cuando me animé a emprender el camino de la pintura mi esposo me ayudó a darle nueva vida al cuarto más grande de la casa que en aquel entonces era solo un cuarto extra de visitas. Poco a poco lo he ido ajustando a mi medida y es el espacio donde me siento más a gusto en toda la casa.

Cuando me embaracé supe que tendría que compartir mi lugar, no hay de otra. La casa es pequeña y solo hay 3 cuartos. El que compartimos con la bebe para dormir, otro cuarto que es casi un depósito donde tenemos todo guardado y el espacio para la mesa de los biberones etc y mi estudio. En mi estudio ahora pasamos los 3 la mayor parte del tiempo. Ahí trabajamos, atendemos a nuestra hija, jugamos y pasamos tiempo mi esposo y yo cuando la bebé duerme.

 

Ha sido muy complicado para mi tener que compartir siempre mi espacio pero por otro lado ha sido muy lindo. Cuando hemos logrado estar los 3 en armonía haciendo nuestras actividades y pasando tiempo con la bebe ha sido verdaderamente hermoso y atesoro mucho esos momentos. Ya lo estoy asimilando como una constante. Cuando mi hija esté más grande y reclame su propio lugar tendremos que dar vuelta la casa para reorganizarnos pero siempre será bienvenida en mi estudio para que ella también haga sus cosas y podamos compartir. La verdad que aunque soy muy celosa de mi lugar y mi tiempo quiero que mi nena sienta que lo que hago está a su alcance, que no lo vea como algo que me aleja de ella sino todo lo contrario. ¿Que habrá momentos en que quiera mi soledad? Claro que si, y la buscaré cuando la necesite. Pero estoy dispuesta a sacrificarla un poco para hacer sentir bienvenida siempre a mi familia en mi mundo interior.”

 

Isabel de Olano, ilustradora
▼Madrid, España

Alquilé el estudio junto a una amiga. Me encantaba todo, la luz, el suelo, el ambiente de la calle...y me quedé embarazada.

Ese espacio fue mi refugio y salvación. Era mi sitio. Mi mesa, mi pared, mi música, mi tiempo. Cuando el bebé cumplió 7 meses lo llevé a la escuela infantil. Con mucha culpa. Pero el primer día se pasó volando. Había recuperado mi espacio. Y volvía a tener tiempo.

En casa dibujo. Pero no es lo mismo. En mi estudio trabajo. Me concentro. Desarrollo las ideas sin interrupciones. Aquí no entran los

niños y no tengo que tener cuidado dónde dejo el cutter o el ipad. Ordenada y exigente en casa, aquí me relajo y me rodeo de mi pequeño caos.

Me encantaría tener una habitación propia. Pero por el momento, quizás la gracia resida en separarlo totalmente.